Cortesía: EDH

Estimado bachiller:

Ya sé que no es extraño en países como el nuestro que quien fracasa en la vida académica y profesional termine en la política. La política siempre ha sido el atajo con el que muchos ineptos, en nombre de la democracia, se permiten gobernar a los más aptos. ¡Claro!, tiene sentido: es más fácil decirle al pueblo que “los empleos los generan los consumidores” que decírselo a tu profesor de microeconomía; es más fácil criticar al juez constitucional frente al pueblo que frente a tu profesor de Derecho Constitucional; el pueblo quizá te aplauda, pero tu profesor seguro te reprenda por la temeridad. Es por eso, estimado bachiller, que cuando no te puedes hacer popular por tus ideas, te vuelves populista por tus intereses; y es por ese populismo, estimado bachiller, que los gobiernos son dirigidos por asnos, y que me perdonen los asnos por la comparación. Claro, un buen populista sabe que se ganan más votos proyectando un capítulo de Dragon Ball en El Salvador del Mundo que hablando de la austeridad en el gasto público. Un buen populista sabe que el pueblo aplaudirá por la renovación en el Centro de San Salvador mientras no pregunte cuánto tendrá que pagar de deuda pública por los farolitos al cabo de unos años.

Estimado bachiller, yo creo que los salvadoreños que nos esmeramos por engrandecer a nuestro país estamos más ocupados en entender la realidad para hacer propuestas de cambio serias que en andar fomentando la desconfianza en las instituciones públicas y en pintarnos clavos en las muñecas para jugar al mártir redentor. ¿Por qué no te sinceras con el pueblo y le explicas que después del anarquismo viene el totalitarismo y la dictadura? ¿O es que tampoco pusiste atención en las clases de historia? Ya sé que siempre ha sido más atractivo hacer vandalismo social que permanecer dos horas sentado en una biblioteca, pero yo te ruego, estimado bachiller, que lo que no pudiste comprender en las aulas no lo destruyas afuera de ellas. Ya sabemos que los partidos políticos están llenos de corrupción —tú, que estás adentro del peor de todos, lo debes saber mejor que nadie— pero, vamos, que por acabar con los ratones no le vas a prender fuego a toda la casa. Además, no te recomiendo ponerle fuego a la madriguera cuando de sobra sabes que la madriguera es tuya y que tienes allí muchos amigos.

Sé que el pueblo está despechado por nuestro sistema político, todos los estamos; pero, querido bachiller, no vale hipotecar el dolor de un país para hacer con él negocios electorales. Además, no concibo que puedas condenar un sistema político del cual formas parte ¡Y mira en qué parte! Ya sé que en la crisis los pobres creemos hasta en la lotería, pero esta vulnerabilidad no justifica que le vendas al pueblo estupefacientes cargados de buena publicidad (solo te falta poner a bailar a niños cubanos y terminar con algo como “el cambio sigue”), esto no es como el negocio de las discotecas (con el símil quizá nos entendemos mejor, puede que te suene más familiar que la vida universitaria).

Yo reconozco que haces un buen manejo de las redes sociales. No cabe duda de que cuando se ambiciona la presidencia, frente a un pueblo consumista vale más contratar buenos asesores en marketing para que vendan tu imagen como quien vende comida rápida, que contratar profesionales serios que te ayuden a diseñar un verdadero plan de gobierno. Tú ya sabrás lo rentable que es hacerle chanchullo al fisco y a probidad, negocio por el que estás dispuesto a cambiarte de partido y de ideología política, y como te veas en la necesidad, hasta de religión. Así que, ¡ánimo! Aunque, en lo que a mí respecta, te daría el consejo de Gepetto: “Pinocho, deja el circo y ve a la escuela”.

Estudiante de quinto año
de Ciencias Jurídicas

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